Originario de Jalcocotán, Nayarit, Ernesto Galarza convirtió la experiencia de la migración en una obra literaria y académica que transformó la defensa de los trabajadores agrícolas y la educación bilingüe en Estados Unidos. Su nombre es referente de la literatura chicana, aunque en su tierra natal sigue siendo poco conocido.
En la literatura nayarita hay nombres que, por circunstancias de su destino, son esa pieza del rompecabezas que no permite completar el panorama de nuestras letras.
Uno de esos personajes es Ernesto Galarza, nacido el 07 de agosto de 1905 en Jalcocotán y quien, a diferencia de quienes nacen en hospitales, en ambulancias o a bordo de un taxi, hizo su aparición en una choza de adobe con techumbre de palma, ubicada en un extremo de la única calle de Jalcocotán, pueblito al que todos llaman Jalco para abreviar. Así describió él mismo su tierra natal en su libro Barrio Boy. En 1911, en compañía de su madre Enriqueta y sus tíos, emprendió un viaje a San José, California, para huir de la Revolución Mexicana e ir en busca de una vida mejor, como miles de familias nayaritas.

El niño que salió de Jalcocotán
Se convirtió en un niño migrante que intentaba aclimatarse a un nuevo país. A su llegada comenzó a estudiar y, a la par del colegio, pasó su infancia y juventud trabajando en el campo. A los ocho años ya dominaba el inglés lo suficiente para servir de intérprete entre los trabajadores mexicanos y los angloparlantes. Él mismo recordaría que, siendo apenas un niño, fue elegido para integrar un comité de huelga en los campos de trigo de California porque era el único trabajador mexicano que hablaba inglés. Aquella experiencia despertó en él un profundo sentido de justicia y marcó el inicio de una vida dedicada a la defensa de los trabajadores agrícolas.

Impulsado por sus propias limitaciones, por las vivencias del pequeño Ernesto y por la fuerza de su herencia cultural, dedicó su vida a la lucha por la justicia social, siendo sus principales herramientas la academia, el pensamiento analítico y la palabra escrita. Realizó sus estudios de licenciatura en Occidental College, obtuvo una maestría en Historia y Ciencias Políticas en la Universidad de Stanford y posteriormente alcanzó el grado de doctor en Historia por la Universidad de Columbia.
La palabra como herramienta de justicia
Durante más de dos décadas se convirtió en uno de los más importantes defensores de los derechos de los trabajadores agrícolas en Estados Unidos. Como dirigente sindical denunció las condiciones de explotación en el campo y cuestionó el funcionamiento del Programa Bracero, al considerar que era utilizado para desplazar a trabajadores y reducir los salarios agrícolas.
En los años sesenta fue profesor en distintas universidades. Se dio cuenta de que muchos mexicoamericanos no tenían las mismas oportunidades y quiso construir, desde el conocimiento, una balanza de equidad.
Escribió para que la voz de sus luchas se perpetuara; escribió porque la literatura fue su forma de transformar la realidad. Publicó decenas de obras, entre las que destacan Barrio Boy, Desconocidos en nuestros campos, Arañas en la casa y trabajadores en los campos, Trabajadores agrícolas y agroindustria en California y Tragedia en Chualar, entre muchas otras.

Junto con su esposa, Mae, impulsó proyectos educativos dirigidos a niños migrantes y posteriormente desarrolló materiales bilingües para estudiantes de habla hispana, convencido de que la lengua materna era un puente hacia el aprendizaje y la identidad.
Su trabajo también abrió camino para una mayor presencia de publicaciones en español dentro de las editoriales estadounidenses. En 1979 fue nominado al Premio Nobel de Literatura, reconocimiento que consolidó su lugar entre las figuras más importantes de la literatura chicana del siglo XX.
Un legado que sigue vigente
A la edad de 79 años, y con el deseo permanente de volver a su tierra, se escribió el verso final de su vida. Murió el 22 de junio de 1984 en San José, California.
Tras su fallecimiento, el profesor José Villa, de la Universidad Estatal de San José, lo definió como “el más destacado académico y organizador chicano de su tiempo”, una frase que resume la dimensión de un hombre que dedicó su existencia a defender la dignidad de los trabajadores, el valor de la educación y el derecho de las comunidades migrantes a preservar su identidad.
En su honor, una escuela primaria de la ciudad de San José lleva hoy su nombre: Ernesto Galarza Elementary School.
Paradójicamente, mientras su obra continúa estudiándose en universidades, bibliotecas y centros de investigación de Estados Unidos, en Nayarit su nombre aún espera ocupar el lugar que merece dentro de la historia cultural del estado. Recordarlo no solo es un acto de memoria, sino también el reconocimiento de un hombre que demostró que la literatura, el conocimiento y la justicia social pueden florecer incluso desde el rincón más pequeño de un pueblo llamado Jalcocotán.


